miércoles 21 de diciembre de 2011

La brocha

Suele decirse que para ser feliz hay que centrarse en el presente, aprovechar cada día al máximo sin dejarse condicionar por el pasado y sin preocuparse obsesivamente por el futuro. Una vez recibí un consejo en forma de pregunta: “¿recuerdas las sensaciones agradables que has experimentado a lo largo del día?”. Mi interlocutor –un gurú de la felicidad, por así decirlo- me exhortaba a ser consciente en cada momento de todo lo que me sucedía: sensaciones físicas, pensamientos y emociones. Por ejemplo, si cada día comienza con una ducha, hay que volver a aprender a ducharse: ser capaz de recuperar la sensación del agua tibia cayendo por nuestro cuerpo cada mañana, y disfrutar con ello en ese preciso instante. Se trata de vivir “aquí y ahora”. En su momento pensé que podría resultar agotador, pero mi interlocutor tenía razón: “Es como empezar a conducir. Al principio, cuando acabas de obtener el carnet, prestas atención a todo; pero, más adelante, cuando te conviertes en un conductor experto, esa actividad puede incluso relajar”.

Como tengo muy presente este consejo, suelo esforzarme por “desrutinizar” las actividades cotidianas. Y ya que estamos prácticamente en Navidad, me voy a permitir aconsejar a los lectores masculinos del blog un placer cotidiano que quizá les alegre cada mañana. Hace poco pasé unos días en La Coruña. Como los aeropuertos han puesto tantas pegas en lo relativo al equipaje de mano, decidí dejar en casa el gel de afeitar y me llevé la máquina eléctrica, que no suelo utilizar habitualmente. En La Coruña dediqué la primera tarde a barzonear a placer por la ciudad, y me paré ante una droguería pensando que no me apetecía nada afeitarme con la máquina. Entonces se me ocurrió salvar el control del aeropuerto comprando jabón de afeitar (ese de La Toja) y una brocha clásica de pelo de tejón. Pues bien, lector, desde entonces estoy disfrutando cada mañana con el ritual de mojar la brocha y el jabón, obtener la espuma y esparcirla por la cara. No hay ni punto de comparación entre la sensación maquinal, rutinaria y aburrida de esparcir el gel o la espuma con tu mano rápidamente por la cara o utilizar la brocha y sentir en tu piel el pelo mágico del tejón. Me engolosino con esta ceremonia, y como además dejas pasar más tiempo, el pelo se reblandece más y el afeitado es mejor.

Supongo que esta es la típica entrada del blog que enerva a mi amigo Pepe –que insiste en que hable de la actualidad política-. Pero este blog es como yo, heterodoxo. Además, hoy no he hablado de brochas, sino de la felicidad. ¿Y hay algo más importante que eso?

1 comentarios:

óscar hdez mañas dijo...

Precisamente, ahora que llevo varias semanas coqueteando con la meditación, he conocido que el centro budista de Valencia imparte también, además de clases de meditación y sobre el budismo, el que consideran su curso estrella: Mindfulness o vivir bien con atención plena. De alguna manera es la misma propuesta que nos haces hoy. He podido conversar con algunos alumnos de este curso y todos han coincidido al narrarme la transformación positiva en sus vidas que ha supuesto este curso. ¡Lástima que sea tan caro!